Las obras de la desalinizadora de El Prat, en la provincia de Barcelona, encaran ya la recta final. A unos dos meses de su puesta en marcha, se han iniciado las primeras pruebas parciales de los equipos ya instalados. En concreto, lo primero que se ha probado, satisfactoriamente, es la captación de agua del mar. Dentro de unas semanas se probarán las membranas que quitarán la sal al agua, a razón de 0,45 litros de agua potable por litro de agua del mar que entre en el proceso.
En un mes se pondrá en marcha el proceso completo, es decir, desde la extracción hasta el transporte del agua ya potable con destino a los depósitos de Sant Joan Despí.
No son estas las únicas pruebas que en los últimos meses se han llevado a cabo. La Agència Catalana de l’Aigua (ACA) ha completado también la fase experimental del vertido en el Llobregat a varios kilómetros de la desembocadura de agua regenerada (o reciclada) en el terciario de la depuradora de El Prat. Los resultados, según informa este organismo, han sido también positivos, aunque dado el actual panorama hídrico, se lucha para que los pantanos no se desborden a causa del deshielo, se ha desestimado hacer un vertido continuo de esta agua. Eso sí, está todo preparado para que, en caso de sequía y de una manera rápida, se pueda contar con un caudal de cerca de dos metros por segundo de agua filtrada en el río.
Cabe recordar que este agua, además de que puede ser desviada para el consumo tras su mezcla con el agua del Llobregat, estaba especialmente indicada para recargar el acuífero del Llobregat, una capa subterránea de agua que, gracias al barbecho que se está guardando estos meses y a las continuas precipitaciones, se está regenerando sin ninguna ayuda externa.
La desalinizadora captará el agua en un punto a 2,2 kilómetros de la costa y a 24 metros de profundidad, lejos de la perniciosa influencia de la desembocadura del río Llobregat y de la zona turbulenta más cercana a las playas, donde rompen las olas.
El agua, tras circular por succión por esos 2,2 kilómetros que forma el conducto de polietileno, llega a un depósito desde donde es bombeada hasta la central desalinizadora, a unos tres kilómetros de distancia. Para garantizar la fijación de la conducción en el fondo del mar, se dispusieron en su día unos pesados anillos de hormigón cada siete metros. Además, una vez encajada en la zanja, esta se rellenó con la misma arena del fondo marino que, previamente, se tuvo que dragar. Los tubos, de hasta 500 metros de longitud, tienen siete centímetros de espesor y fueron construidos en un fiordo noruego y traídos a Barcelona en un transporte especial.
Fuente: El Periódico