Noruega ha encontrado un negocio perfecto. Por un lado se enriquece vendiendo su gas y su petróleo. Por otro lado vende el sobrante de su cuota de CO2 posiblemente a aquellos mismos que le compraron el gas y el petróleo. Como decíamos, un negocio redondo.
Noruega le dio el Premio Nobel de la Paz a Al Gore y no para de transmitir a los cuatro vientos su preocupación por el calentamiento global. Esto está muy bien, pero choca con su política real cuando hay firmado un acuerdo con Rusia para perforar en busca de petróleo en el mar de Barents.
Los periódicos europeos armaron gran escándalo cuando se debatía en Estados Unidos la posibilidad de perforar en el Artico, frente a las costas de Alaska. Pero parece que su propio lado del Ártico no les preocupa tanto, ¿o es que a Noruega (que es tan ecologista y además da premios Nobel de la Paz) le perdonamos todo?