No vale la pena negar que se suele pensar en la naturaleza en términos de bosque, verde profundo, frondosas masas de árboles. Pocos contemplan como algo saludable las montañas cubiertas sólo de forma parcial por matorral y monte bajo y aún menos pensarán que las áridas estepas semidesérticas sean un ecosistema sano que no requiera de la acción humana, vía reforestación, para sobrevivir a ese final que puede verse reflejado en la tierra seca.
Hemos hablado recientemente de proyectos que planean desarrollar novísimos sistemas de riego capaces de reverdecer áreas del Sáhara o de la Isla de Zira.
Quizá por eso resulta más que interesante observar que iniciativas que, en principio, podrían parecer loables, como la ingente reforestación que está llevando a cabo Turquía, levanten las críticas de científicos expertos en biodiversidad que afirman que «la dañina política de gestión de aguas, la reforestación y los sistemas de riego defectuosos han destruido de forma irreversible el ecosistema de la estepa turca y el hábitat de multitud de especies endémicas».
«Estamos usando mal nuestra agua», comenta Turan Çetin, de la Doğa Association, que denuncia que «muchas especies poco conocidas habitan las estepas de Anatolia y estas áreas están bajo continuo acoso humano como la agricultura, sistema de riego no apropiados y presas construidas en los ríos que, de no existir, permitirían mantener la vida allá por donde fluyen».
Lo único que queda claro es que no hay una solución única y que, hablando como estamos de agua, nunca llueve a gusto de todos.
Foto y noticia: Hurriyet News.