Las espinacas y las lechugas iceberg que desde ahora se vendan en los Estados Unidos podrán estar «irradiadas», es decir, sometidas a radiaciones ionizantes que cambian su estructura celular y previenen la aparición de microorganismos. Con este proceso se retrasa la maduración de los vegetales, se alarga su vida útil en la tienda y en la despensa y sobre todo se previenen problemas sanitarios como los derivados de la bacteria E.coli (Escherichia coli) o la salmonela.
Hasta ahora la poderosa FDA, la agencia norteamericana que manda en los alimentos y en los medicamentos, permitía la irradiación -o pasteurización fría- de productos como los huevos, las especias, las ostras y ciertas carnes de ave y de ternera, pero a una escala y unos niveles que se relacionaban más con su tratamiento y su conservación que con el consumo. Hace tiempo que las asociaciones de productores luchan porque la irradiación se emplee para todas las carnes, frutas, hortalizas y comida preparada.
De momento han pasado la prueba las lechugas y las espinacas.
La liberalización conseguida es menos de lo que se pedía pero más de lo que había. Unos la han saludado con júbilo y otros han puesto el grito en el cielo.En The New York Times, Patty Lovera, uno de los responsables de Food and Water Watch, una entidad que vela por la salud de los alimentos, mostraba su desacuerdo:
Esto no tiene pies ni cabeza. Así no se protege realmente a los consumidores de alimentos inseguros.
Para los críticos con la decisión de la FDA, irradiar más alimentos puede rebajar su valor nutritivo, arruinar su sabor y hasta dar pie a reacciones químicas desconocidas e indeseadas. Además aseguran que con esto no desaparecen todas las posibilidades de enfermar, ya que tanto en las lechugas como en las espinacas pueden persistir muchos virus a los que no afecta la irradiación. Lo que habría que hacer, afirman, es irradiar menos y trabajar más con los agricultores para proteger la calidad del producto de principio a fin.
En cambio los abogados de la irradiación defienden a capa y espada no sólo su inocuidad sino sus bondades: aseguran que la rebaja de nutrientes no está demostrada o es irrelevante, que el sabor es el mismo y que todo son ventajas sanitarias. La economía norteamericana pierde cada año mucho dinero por los alimentos que hay que retirar porque se han estropeado antes de venderse y también por las infecciones bacterianas, que siguen provocando enfermedades y muertes.
El hecho de que el problema no sea sólo sanitario sino también económico es lo que atiza el recelo de algunos sectores en un país que, nutritivamente, son dos: media América come comida basura y la otra media reacciona con un culto a la comida orgánica o tan sana que a veces raya en lo paranoico.
Y es que millones de personas desconfían de que las envenenen.
Fuente: ABC