La comisión de Industria y Energía de la Eurocámara votó ayer jueves un proyecto de ley que incluye ese objetivo del 10% de renovables en los transportes, pero considera que por lo menos el 40% de esas energías utilizadas deberán provenir de la electricidad o del hidrógeno y de biocombustibles de segunda generación, menos contaminantes.
Entre esos biocombustibles, los eurodiputados citan en forma específica a aquellos producidos a parte de desechos, biomasa y algas, así como a los obtenidos a partir de cereales cultivados en tierras agrícolas muy degradadas.
En cuanto a los biocombustibles disponibles hoy en día, por ejemplo los producidos en Europa a partir de colza, podrán continuar siendo desarrollados para alcanzar el objetivo vinculante del 10% en 2020.
El autor del texto parlamentario, el eurodiputado verde Claude Turmes, asegura que de este modo se habrá frenado esta locura de inversiones en la primera generación de biocombustibles.
Los subsidios a los biocombustibles en Estados Unidos, Canadá y la UE se elevaron a 11.000 millones de dólares anuales en 2006, y esta cifra subiría a 25.000 millones por año para 2015, según sostuvo en julio pasado la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), que reúne a 30 países industrializados, en un informe.
El problema es que esta fuente de energía es objeto de una creciente polémica, ya que sus detractores aseguran que contribuye al alza de los precios de los alimentos, la deforestación y el desplazamiento de poblaciones en los países pobres.
Para sus defensores, en cambio, los biocombustibles pueden servir para cortar la dependencia del petróleo y para luchar contra el calentamiento global, al reducir las emisiones de gases con efecto invernadero generadas por los combustibles fósiles y no tienen porque interferir en los alimentos humanos.
Fuente: Biodiesel Spain