La percepción que gran parte de la sociedad mantiene de la energía nuclear no se ajusta a la realidad de la misma. Es cierto que las fuentes tradicionales de energía nuclear conllevan riesgos, pero no es menos cierto que los mismos se ven claramente aumentados por el modo en que los percibimos y evaluamos.
Así, donde la energía nuclear está asociada a grandes infraestructuras fuertemente defendidas y aseguradas, totalmente fuera del control del ciudadano de a pie (lo cual aumenta la sensación de peligro y la incertidumbre que genera), otras fuentes muy contaminantes y, al menos en escala, mucho más dañinas, como el petróleo y el gas siguen usándose, si bien siendo criticadas, sin que nadie les cuelgue una letra escarlata.
Pero, ¿qué sucedería si en el futuro pudiéramos instalar reactores de fusión nuclear domésticos sobre nuestras casas, como ahora instalamos paneles solares? La fusión nuclear utiliza reactivos limpios y no genera residuos radiactivos como los de la fisión nuclear.
Pues ese futuro de reactores nucleares limpios y pequeños está lejos, pero sin duda está en el horizonte. O al menos ésa es la promesa que esta nueva generación de desarrollos científicos nos trae. La carrera por la fusión ha comenzado. El lento progreso de la tecnología en renovables, los efectos acumulativos del uso de combustibles fósiles y el reciente desastre de Fukushima no han hecho sino avivar el debate y reanimar el interés por una fuente de energía que promete ser tan arrolladora como la fisión, tan limpia como las pilas de hidrógeno y tan escalable hacia lo pequeño, tan distribuida, como la solar.
Así, la fusión está en boca de todos, en sus diferentes formas. No son sólo el Culham Centre británico o el proyecto ITER, con su aproximación tradicional mediante fusión magnética, el proyecto NIF o el proyecto HiPER promete fusión nuclear usando láseres, recientemente se hizo público el acuerdo de colaboración entre dos de los laboratorios de uno y otro lado del atlántico con más experiencia en este ámbito (la National Ignition Facility estadounidense y el Instituto de Fusión Nuclear de Madrid) para colaborar en un proyecto de fusión nuclear también con láseres (LIFE). Francia aprovecha su experiencia en fisión e intenta trasladarla a este nuevo ámbito a través del proyecto Laser Mégajoule. Y sólo el tradicional secretismo chino nos impide saber qué está haciendo el gran gigante asiático.
Nadie duda ya que es esta nueva forma de ver la fusión, usando láseres, la que promete revolucionarlo todo más rápidamente. No sólo porque los resultados sean prometedores, sino porque en el medio siglo que ha transcurrido desde su invención, los láseres han progresado a una velocidad pasmosa. En 1960, el primer láser ocupaba una habitación gigantesca y ahora llevamos en el bolsillo láseres miles de veces más potentes. Ahora mismo la fusión con láser es una promesa que, cuando se confirme, ocupará también instalaciones del tamaño de un almacén grande. Pero, ¿quién nos dice que dentro de unas décadas no puedan instalarse sobre los tejados de los edificios, cuando se superen los retos de escala y seguridad necesarios? Quién nos dice que no se convertirá, llegado el momento en una fuente de energía limpia, en grandes cantidades, y de producción distribuida, cada cual generando la suya y pudiendo, incluso, tener excedentes.
Está lejos todavía, y la inversión necesaria para su logro es enorme. Pero ante el estancamiento tecnológico de las fuentes renovables (cuyo impulso en consumo se debe, además, a fuentes igualmente contaminantes como el biocombustible), es un caramelo apetecible que están persiguiendo numerosos científicos y Estados alrededor del mundo. Y el que lo logre cambiará las reglas del juego energético dando origen a un mapa y un tablero radicalmente nuevo.
La cuestión es si permitirán el desarrollo de este tipo de energía mientras haya intereses en los combustibles fósiles. Esto lo frena enormemente.