Portugal opta por tocar la fibra sensible para universalizar el compromiso con la protección del medio ambiente. Hay que convencer a todos y aumentar la implicación de los que andan con medias tintas. Nada mejor que anunciar el dinero que nos cuesta no cuidar la naturaleza.
Ecosistemas y Bienestar Humano es una versión completa y actualizada de la contribución portuguesa al Millenium Ecosystem Assessment, el programa lanzado por la ONU a principios de la década y terminado hace cuatro años.
El objetivo del programa era evaluar la ingerencia de la actividad humana en todo aquello que los distintos ecosistemas ponen a nuestra disposición, como el agua, la protección del suelo, o los alimentos.
El proyecto trató de analizar estos “servicios de la naturaleza” desde el punto de vista económico, al ser “un lenguaje que todos entienden“, afirma Henrique Miguel Pereira, del Centro de Biología Ambiental de la Universidad de Lisboa, que coordinó el libro presentado ayer en Lisboa con otros tres investigadores: Tiago Domingos (Instituto Superior Técnico), Luís Vicente y Vânia Proença (también del Centro de Biología Ambiental).
El agua, por ejemplo, afecta a un sector del abastecimiento que vale dos mil millones de euros por año. Para que haya agua de calidad es necesario que varios ecosistemas funcionen correctamente: los bosques, los acuíferos subterráneos, los ríos y las albuferas.
También es fácil ponerle una cifra a otros “eco-servicios“. El libro resalta que los bosques representan el 10% de las exportaciones portuguesas. Además, absorben dióxido de carbono de la atmósfera, ayudando a disminuir el calentamiento global. En 2007, absorbieron 5,44 millones de toneladas de CO2, un servicio que vale 65 millones de euros hoy día en los mercados de carbono.
Incluso los paisajes tienen valor económico. Un estudio mencionado en el libro concluye que los portugueses estarían dispuestos a pagar 30 euros para preservar un tercio de las estepas cerelíferas de Castro Verde, en el Alentejo (habitat especialmente valioso para algunas aves amenazadas).
Ajustando el resultado para toda la población y para las áreas en conflicto, se alcanza el valor de preservación de una hectárea por año en Castro Verde: 446 euros por conservar el ecosistema, mucho más que la compensación a la que los agricultores tienen derecho, que es de 73 euros.
La agricultura sin embargo, sale mal parada en el libro. La mayoría de las prácticas actuales degrada el suelo sin conseguir suplir las necesidades alimenticias del país.
Con el agua, el escenario es ambivalente. El país la tiene en exceso y apenas el 10% de las precipitaciones son aprovechadas. Pero al llegar al suelo, el agua se mezcla con la contaminación, sobre todo con la procedente de los cultivos, y como resultado, el 40% de los ríos y albuferas están contaminados.
Por eso el agua, una materia prima gratuita, pasa a tener un coste adicional además de la captación y distribución: su tratamiento. Cuanto más se contaminen los acuíferos, más cara saldrá el agua.
El libro concluye que hay una tendencia para utilizar más “los servicios de producción de los ecosistemas“, en detrimento de los “servicios de regulación y culturales“. Esta tendencia sólo podrá ser revertida, según el libro, si la sociedad se conciencia de las implicaciones negativas para el bienestar deI ser humano.
Fuente: Ecosfera
Imagen: Best Travel
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