Este pasado fin de semana he asistido en Hospitalet de Llobregat al foro “Cambio Climático y Vino“. 350 personas de 40 países han estado debatiendo sobre las consecuencias, posibilidades y alternativas que el cambio climático provocan en la viticultura.
Sin ser un experto en este mundo, me han quedado un par de ideas claras. Debido a las dramáticas consecuencias del aumento de la temperatura del planeta, hay dos principales alternativas para aquellos que quieran insistir en un negocio tan ligado al clima como el del vino. La primera, radical, sería cambiar los viñedos de latitud hacia las nuevas zonas vitivinícolas que las variaciones climáticas provean. En Europa, por ejemplo, Inglaterra y Dinamarca (sí, sorprendente!). La segunda, ligada a los territorios tradicionales, usar variedades de uva más adaptadas a las nuevas exigencias climáticas. En cualquier caso y pese a la simplificación excesiva de estas líneas, me satisfizo encontrar un colectivo preocupado y comprometido con hallar soluciones a un problema políticamente mal atendido.
En mis conversaciones y lecturas he encontrado tres posiciones básicas ante el cambio climático. Aquellos que se pelean, aún, con la verdad o falsedad del postulado. Estéril posición, desconectada de la acción y tan española. Recientemente un líder político español hacía gala de esta posición fundándola en la opinión de su primo. Aquellos otros que sin discutirla esperan pasivamente que la ciencia, el progreso, la propia naturaleza o intervenciones mágicas resuelvan el futuro… “no pasará nada”.
Por último, aquellos, entre los que me cuento, que vemos una oportunidad en la crisis de rediseñar y construir nuevas maneras de relacionarnos con Pangea, más responsable, respetuosa y duradera. Volviendo al foro del fin de semana, este era el estado de ánimo de los asistentes, optimista y activo aunque no exento de preocupación. Además, aquellos con el compromiso de conservar la identidad de sus territorios y no solo el negocio, defendían estrategias integrales que incluían la defensa del paisaje, el uso de energías limpias, agricultura ecológica, formación e información.
Paradójicamente, la preocupación por las consecuencias del cambio climático nos empuja a la recuperación de la identidad territorial, actividades, paisaje y la gente que lo habita. Bienvenida sea.
Rafael de Villasante







