Las sequías que ahora amenazan la cosecha china de trigo y las esperanzas de que estas contribuyan a bajar el precio de esa materia prima, están al mismo tiempo subrayando la necesidad de que China, que lo tiene todo para ganar la carrera por la economía verde, responda al problema del agua, su mayor desafío medioambiental, con planteamientos y tecnologías del siglo XXI.
Uno de los últimos avances en esta dirección es un megaproyecto, en la zona de desarrollo Tianjin-Binhai, de más de mil millones de euros para construir de la nada una «eco ciudad» del tamaño de Bilbao en el plazo de diez años. El proyecto está todavía en construcción pero la planta de desalación Beijiang adjunta, la más grande de China, ya está funcionando. Se trata de una central térmica de carbón que integra equipamiento de desalación de última generación, de diseño y fabricación israelí, para generar 4.000 MW de electricidad y 200.000 metros cúbicos de agua potable procedente de agua salada.
En lugar de devolver al mar la salmuera extraída, una solución que produce altas concentraciones de esta sustancia en el mar que, a su vez, hacen peligrar el ecosistema marino, en esta planta la convierten en sal y la comercializan. Otra innovación de los ingenieros del proyecto es canalizar el vapor generado por la central térmica a las cámaras de desalación dándole de ese modo un uso más eficiente al carbón.
El desafío que la planta afronta es la firma de contratos con proveedores de agua locales, de momento reticentes a comprar el agua proveniente de la desaladora que cuesta más de un 50% más que el agua que tradicionalmente han obtenido de ríos y lagos. Estas fuentes de agua, sin embargo, se están agotando tras décadas de un uso intensivo, de modo que parece razonable suponer que la planta desaladora no tardará en ser rentable.
Fuente e imagen: Guardian